“Hasta las casas tienen su número”
Hasta las casas tienen su número. Aun en la más olvidada de las calles, cada puerta lleva una marca que la diferencia de las demás. Porque incluso lo más cotidiano necesita ser nombrado, señalado, inscrito. Sin ese número en la fachada, el cartero no entrega la carta, el amigo no encuentra la puerta, y la casa misma parece perder su lugar en el mapa.
Así también sucede con nosotros. En psicoanálisis, especialmente desde la perspectiva lacaniana, decimos que el sujeto no nace hecho, sino que se construye en el lenguaje, en el deseo del Otro, en las marcas simbólicas que le otorgan un lugar. Somos palabras antes que cuerpo. Somos significantes inscritos en una cadena que nos antecede y nos atraviesa.
El nombre propio, la palabra que nos nombra, es como ese número en la puerta: una señal mínima pero esencial que nos distingue del caos, que nos inscribe en una red de sentido. No tener un nombre, no tener un lugar en el deseo del Otro, es como vivir en una casa sin dirección: se habita, pero no se pertenece; se existe, pero sin destino.
Lacan decía que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”. Lo que quiere decir es que nuestra identidad no está dada de antemano: se articula a partir de los signos, de los dichos que nos nombran, de los silencios que nos rodean. Cada uno de nosotros es una combinación singular de marcas simbólicas, como una dirección única que da sentido a nuestro recorrido por el mundo.
Por eso, encontrarse en análisis es, muchas veces, encontrar ese número que nos hace reconocibles, esa palabra que nos devuelve un lugar propio. No se trata de inventar algo nuevo, sino de descifrar lo que ya está escrito en nuestras paredes internas, aunque lo hayamos olvidado o nunca lo hayamos entendido del todo.
Porque incluso las casas más hermosas, si no tienen número, pueden perderse en la confusión. Y hasta las más humildes, si están bien nombradas, pueden ser halladas.
Nombrarse es existir. Inscribirse es tomar lugar. Y psicoanalizarse es volver a mirar la puerta de uno mismo, descubrir el número que nos fue dado —y, a veces, atreverse a cambiarlo.
Stella García
@reveriepsicoanalitico

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